La victoria de Cristo sobre Satanás ha sido decisiva, pero la guerra continúa ahora en la tierra por medio de Su Iglesia. Aunque el enemigo ha sido vencido en los cielos y despojado de su autoridad acusadora, aún combate en la tierra, tratando de retener el territorio que ha perdido. Los creyentes, armados con la sangre del Cordero, el testimonio del Reino y una conciencia limpia, están llamados a hacer valer esta victoria sobre el enemigo, no por violencia, sino por la persuasión del evangelio, la oración ferviente y el testimonio visible de una vida transformada. Como David contra Goliat, Cristo ha dado el golpe final, pero corresponde a su pueblo hacer retroceder al enemigo y reclamar lo que legítimamente pertenece al Reino. Esta guerra espiritual no se libra con espadas, sino con la Palabra de Dios y la oración, buscando cautivar pensamientos y corazones para Cristo. La expansión del Reino requiere de discípulos valientes, que no teman al diablo ni a la oposición, sino que con fidelidad anuncien que “hay otro Rey: Jesús”, llevando la luz del Reino a cada rincón donde aún reina la ignorancia y el engaño.