Antes de que el mundo supiera siquiera pronunciar la palabra “sintetizador”, ya existían diseños circulando en laboratorios que jamás aparecieron en catálogos públicos. Prototipos que investigaban cómo crear sonidos capaces de activar respuestas emocionales precisas.
Frecuencias que no respondían a la lógica musical… sino a la lógica del control.
En este terreno clandestino aparece un hombre salido de la nada, el italiano Giorgio Moroder.