Conocí por primera vez a Gilberto Gil en 2004, en Madrid, cuando aún ejercía como Ministro de Cultura de Brasil. Fue en el propio ministerio donde mi programa de radio recibió el patrocinio del gobierno brasileño, un gesto que ya entonces revelaba su comprensión profunda del valor cultural y del diálogo internacional. Desde ese primer encuentro, nuestras trayectorias se han cruzado en numerosas ocasiones en España.
Volvimos a coincidir en Brasil en 2013, año en el que tuve la oportuni...
Conocí por primera vez a Gilberto Gil en 2004, en Madrid, cuando aún ejercía como Ministro de Cultura de Brasil. Fue en el propio ministerio donde mi programa de radio recibió el patrocinio del gobierno brasileño, un gesto que ya entonces revelaba su comprensión profunda del valor cultural y del diálogo internacional. Desde ese primer encuentro, nuestras trayectorias se han cruzado en numerosas ocasiones en España.
Volvimos a coincidir en Brasil en 2013, año en el que tuve la oportunidad de entrevistarlo para la radio de París, con la que colaboraba en aquel momento. A lo largo del tiempo, esos encuentros han ido construyendo algo más que una relación profesional y marcada por el respeto, la conversación y el afecto.
Gilberto Gil representa para mí la principal razón por la que me alegro de ser brasileño. Es, sin exageración, la persona más bella, inteligente, sabia, culta, elegante e interesante que he conocido jamás. Un tesoro vivo. Un patrimonio esencial de Brasil.
Su generosidad es gigantesca; su humildad, arrolladora. En él conviven de forma natural el creador, el pensador, el servidor público y el ser humano íntegro. Pocas veces la grandeza artística va acompañada de una humanidad tan profunda y accesible.
Hemos trabajado también en su último concierto en el Teatro Real de Madrid, él junto a su familia, una despedida de los escenarios españoles cargada de simbolismo. A ese concierto decidí no asistir. No me gustan las despedidas. Preferí conservar intacta la continuidad de una historia que, para mí, no se cierra con un último aplauso, sino que permanece viva en la memoria, en la música y en todo lo compartido.
Quizá eso resume mejor que nada mi relación con Gilberto Gil: no como un relato que empieza y termina, sino como una presencia que sigue resonando en la música, en la historia cultural y en la vida misma de quienes hemos tenido el privilegio de conocerlo y escucharlo.
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