Hay reyes que pasan a la historia por sus victorias militares. Otros lo hacen por su sabiduría o por la estabilidad que supieron dar a sus reinos. Y luego está Enrique VIII de Inglaterra, un monarca que no solo gobernó un país, sino que lo sacudió hasta los cimientos. Un rey que rompió con Roma, desafió al Papa, cambió la religión de todo un reino y convirtió su vida privada en un asunto de Estado. Un hombre capaz de escribir tratados de teología por la mañana y firmar sentencias de muerte por ...
Hay reyes que pasan a la historia por sus victorias militares. Otros lo hacen por su sabiduría o por la estabilidad que supieron dar a sus reinos. Y luego está Enrique VIII de Inglaterra, un monarca que no solo gobernó un país, sino que lo sacudió hasta los cimientos. Un rey que rompió con Roma, desafió al Papa, cambió la religión de todo un reino y convirtió su vida privada en un asunto de Estado. Un hombre capaz de escribir tratados de teología por la mañana y firmar sentencias de muerte por la tarde. Un rey culto, carismático y refinado en su juventud, y temido, desconfiado y despiadado en su madurez.
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